INDULTOS PRESIDENCIALES

Hoy fue un día muy triste para la historia de nuestra Nación. Hoy recibimos los argentinos una nueva confirmación de que la acción de nuestro gobierno no refleja absolutamente la voluntad del pueblo: más del 70% de la gente se oponía al indulto de los ex-comandantes mientras menos del 14% se expresó favorable (La Nación, 28/12/90), con un desbalance más extremo aún en lo referente a Firmenich.

El argumento usado por el presidente Menem carece claramente de base real o lógica. La pacificación nacional no se logra a través de la anulación de condenas a grandes criminales como los que fueron liberados, sino a través de una aceptación de responsabilidades y pago de culpas. El indulto en la historia ha sido usado sólo en muy contadas ocasiones y generalmente para corregir abusos de la justicia en las condenas.

Videla y Massera -pese al celo con que durante años de total impunidad y detentación absoluta del poder se encargaron de suprimir las pruebas que podrían involucrarlos- han sido demostrados responsables de organizar un aparato estatal destinado al secuestro, tortura, y supresión física sistemática de millares de personas (con obvias analogías a lo obrado en tiempos bastante recientes por algunos de los mayores tiranos y magnicidas de la historia mundial, tales como Hitler, Stalin o Mao), y de ser responsables directos de crímenes tales como privación ilegítima de la libertad, tormentos y homicidio.

Su indulto es simplemente el resultado de la deformación de la estructura del Estado Argentino y sus fuerzas armadas al punto que éstas últimas concentran la casi totalidad del poder y dictan (de modo abierto o encubierto) el modo de funcionar del país desde hace varias décadas. Alfonsín como Presidente logró muy penosamente hacer condenar a algunos de los máximos criminales de las fuerzas armadas en un juicio que les dio todas las garantías de justicia que ellos jamás respetaron. Poco tiempo después las fuerzas armadas le recordaron al presidente y al pueblo quién decide qué se permite en este país, y así siguieron las vergonzosas leyes "de obediencia debida" y "de punto final", por ejemplo. Estas leyes, amén de haber cabado la fosa política deAalfonsín, recordaron a todos los argentinos y al mundo que en nuestro país no hay política, ni iglesia, ni agrupación alguna que decida realmente el camino que seguirá la Nación, sino que sólo las fuerzas armadas mueven los hilos del poder. Los indultos de Menem responden obviamente al mismo tipo de dictamen, el cual posiblemente corresponda a acuerdos pre-electorales que le consintieron mostrar una ilusión de poder propio, en realidad inexistente.

Es hora de dejar de engañarse y aceptar la triste realidad de que tanto Alfonsín como Menem habrían sido víctimas de nuevos golpes de estado de no haberse prestado a aceptar las condiciones impuestas por los tiranos del poder.

Videla pide incluso "un pleno desagravio institucional" para el ejército. El agravio fue inflingido por el ejército a sí mismo y por lo tanto, queda en sus propias manos la única posibilidad de desagravio. La cobardía de haber tratado de ocultar los horrendos crímenes que cometía es similar a la mostrada por la comandancia al enviar a los conscriptos de 18 años de edad, sin preparación militar, vestimenta o alimentación adecuada, a morir en las Malvinas sin motivo justificable.

No comparto ni justifico la filosofía ni los crímenes de los grupos extremistas que las fuerzas armadas lucharon por suprimir; pero hay límites que el ser humano no debe sobrepasar ni siquiera en la lucha contra tales fuerzas.

Comparto -incrédulo de poder compartir algo con él- con Videla su "... testimonio de mi solidaridad ante el dolor de los que lloran sus muertos, heridos y mutilados, caídos en defensa de la Patria o de ideales equivocados. Y pido a Dios que extinga para siempre el odio entre los argentinos a fin de que todos podamos reconciliarnos en paz, unión, y libertad". Olvida Don Videla que la mayoría de esos muertos no lo fueron ni en defensa de la Patria ni de ideales equivocados, sino como víctimas de una máquina que no distinguía el bien del mal y -por las dudas- destruía a ambos, preservándose sólo a sí misma. El voto de Videla -que es el mío propio- se hará realidad si se deja de lado la soberbia de creer que todo lo actuado fue correcto a pesar del repudio del mundo entero y se aceptan los errores y las culpas, y se establece, en acuerdo con la voluntad del pueblo, cuál debe ser el rol de nuestras fuerzas armadas y se les confiere una estructura capaz de hacerlas respetarlo.

FABIO A. MILNER